Educación a la carta

4 abril, 2008

La fragmentación en el consumo de los medios es una tendencia imparable que ha dejado de constituir una sorpresa. Las cadenas de televisión generalista, los principales periódicos, … cada vez concentran una parte más pequeña -aunque siga siendo significativa- de la atención colectiva. En el espacio del que son expulsadas aparecen nuevas plataformas, dispositivos y vehículos de comunicación: los blogs, el video en internet, la televisión IP/P2P, clips o podcasts, canales temáticos, … la mayoría, por no decir la totalidad, caracterizados por la interactividad, siquiera en la fase inicial de construirse de forma personalizada dentro de esa gigantesca larga cola donde cada uno de nosotros escogemos un punto particular donde posicionarnos.

Si antes los medios, entre otros, constituían con su ruido ensordecedor un bloque que conformaba el estado de opinión y acaso la educación y sentido crítico de los ciudadanos, ahora es posible confeccionarse un mundo editorial a la carta en la que la realidad queda adaptada a las preferencias y canales seleccionados por los usuarios. La TV, internet, el móvil, … todos funcionan como plataformas de entrega de la información sindicada de acuerdo a la personalización del usuario. Los lectores RSS permiten acceder sólo a las secciones y opiniones que encajan con nuestra preferencia, las alertas discriminan los temas que han de accedernos, los blogs nos permiten seleccionar al autor por encima de la publicación… El usuario ha elevado su poder, decide qué quiere consumir: si lo desea, puede construirse un universo personal de comunicación en el que los contenidos filtrados le permiten vivir en una realidad paralela y sin contradicciones. En la economía de la atención el usuario cuenta por fin con los medios para operar monopolísticamente. Paradójicamente, cuando mayor superabundancia de información existe, más eficaces son a su vez, para un usuario decidido, las fórmulas para confeccionarse un único mensaje.

¿Qué usuarios son estos? Los canales en los que los usuarios se adentran voluntariamente son cajas de resonancia de las mismas ideas, espacios de convivencia de las mismas personalidades confirmándose unas a otras, sin discusión ni confrontación. Las comunidades y redes sociales permiten a una persona adentrarse en un ámbito en el que todos los participantes son como uno mismo. Las mismas opiniones, las mismas fuentes, hasta lograr la apariencia de que el mundo es monocolor. Junto a la flexibilidad del medio a nuestras preferencias, en la era de la personalización, también existe la aceleración de la inmersión. Los nativos digitales, cada vez más jóvenes, acceden pues a este escenario en plena edad educativa, mientras se forman los criterios, cuando quedan fijadas para siempre las dimensiones de su rectángulo ideológico y de pensamiento. ¿Será el usuario del futuro, que libremente escogió escuchar una única opinión, capaz de rectificar? De no hacerlo, tendremos universos de pensamiento paralelos listos para colisionar entre sí.


La neutralidad del invasor

26 febrero, 2008

Justice

La mayoría de nosotros tenemos el grado suficiente de urbanidad (civility) como para aceptar que, con el dinero público, el reparto no corresponda a la proporción alícuota de utilización o consumo que hagamos de los recursos. No pretendemos que quien use más las autopistas pague más impuestos, por ejemplo, o que pague más quien lleve a más niños al colegio o vaya más al médico. La situación cambia cuando se trata de recursos privados, sin embargo, y nos volvemos más escrupulosos con las asignaciones. La mayoría de nosotros encriptamos nuestras conexiones wi-fi o excluimos cualquier dispositivo para evitar que un vecino aprovechado navegue a costa de nuestra cuota mensual de internet. Lo hacemos sin contemplaciones, no nos preguntamos antes si el intruso hace un uso ligero de nuestro ancho de banda que permitiese una convivencia sin molestias.

Y sin embargo, inadvertidamente estamos costeando a menudo a nuestros vecinos, o haciendo que nos costeen (en este caso con más consciencia). ¿Acaso no pagamos nosotros lo mismo por nuestro uso de correo electrónico que el que paga un spammer cuando remite miles de correos no solicitados a una lista confeccionada sospechosamente? ¿No cuesta nuestra conexión tanto si descargamos películas como si no? No cabe duda de que el uso, y el efecto sobre el modelo, no es el mismo. De acuerdo a un estudio de la consultora Detecom, un 6% de los usuarios de banda ancha consumen un 66% de la capacidad total distribuida por los ISPs. Visto de otro modo: las operadoras podrían servir a un 94% de sus clientes a un 34% del coste actual. Y sin embargo, como si fuesen aseguradoras, aplican una ley de los grandes números a su modelo: cobran lo suficiente como para que, aún con los previsibles incómodos pasajeros que exprimen cada bit de sus circuitos, obtengan sus márgenes objetivo.

Dejando aparte la disponibilidad -bien asentada en el desconocimiendo de la situación- del 94% los usuarios a costear los hábitos del 6% restante, la situación actual sólo se explica por un exceso de capacidad en la red, de manera que el coste de oportunidad para los ISPs es pequeño. Sin embargo, el crecimiento en servicios y aplicaciones va a requerir un incremento adicional notable de la capacidad de la red para darles soporte, en cuyo proceso es posible que veamos situaciones -temporales o no- de estrangulamiento (tal y como cínicamente comentan desde STL Partners en su blog, «Video will kill the ISP Star«). Hace poco se publicaba la noticia de que para los operadores con red, llevar fibra óptica hasta el hogar va a representar entre 1.000 y 1.500€ por tendido. Ante tales inversiones, la rentabilidad obliga. ¿Querrán los operadores seguir apostando al grueso de la pieza o acaso comenzar a fijar blancos móviles, con la promesa de elevar varios cuerpos la rentabilidad? ¿Aceptaremos los usuarios la repercusión de los costes prorrateados, o se abrirán brechas entre la masa exigiendo pago a escote? 

Al defender la neutralidad de la red, muchos sostienen que el carácter abierto y no discriminatorio de internet no debería perderse, pero olvidan que internet se construye, hoy más que nunca, con iniciativas privadas fiadas a la promesa -más o menos lejana- de obtener un beneficio. Para que tengamos infraestructuras mañana que permitan acceso a nuevos servicios, es necesario que tanto las redes como los creadores de contenidos -incluso aquéllos que, como quien escribe, no reciben ingresos por la actividad, dependen de que la herramienta de publicación wordpress sea rentable en algún momento- reciban un modelo válido -desde el mercado- de supervivencia. Pretender otra cosa requerirá últimamente justificar la nacionalización o adscripción pública de la red para que sea costeada con cargo a presupuestos, tanto por quienes navegan como por los que no. El debate no es tanto admitir o no la neutralidad de la red –la red no podrá ser neutral ante su propia existencia-, sino más bien qué criterios son admisibles para discriminar el uso que cada uno de nosotros hacemos de ella.


El móvil fácil

30 enero, 2008

Ya tenemos en el mercado español un nuevo operador móvil (virtual), SIMYO. Se añade a los ya ‘establecidos’ Yoigo, Pepe Phone, Eroski Móvil, Carrefour Móvil… casi todos con un denominador común: una oferta reducida a un único plan de tarifas, de tarifa única (o casi, algunos operadores, como R en Galicia, han aparecido con una tarifa adaptable al consumo, única en todo caso para el usuario en su tramo de uso).

Por alguna razón, todos los operadores que están saliendo aportan la misma propuesta. Para aquellos a quienes la complejidad y carestía de la oferta dominante les provoca una insatisfacción tal como para abrazar cualquier alternativa sencilla, aquí una planteada en terminos numéricos: 12c, ó 15c, ó 9c, por todas las llamadas/sms/… que se quieran hacer.

La teoría nos recuerda que al lanzar una oferta a un mercado el primer paso es determinar el mercado potencial o segmento objetivo al que nos gustaría servir más directa y rentablemente (al menos en términos relativos). ¿Resulta tan atractivo el segmento de usuarios que valoran precio y simplicidad? Aproximadamente dos de cada tres usuarios desconocen qué precios pagan por sus llamadas, así que a primera vista el precio, para una mayoría de usuarios, no sería tan crítico como factor. ¿Qué motiva pues a los usuarios? De nuevo, cerca de dos de cada tres admiten que cambiarían de operador por obtener un móvil nuevo. ¿Puede aquí un operador entrante lanzar una oferta atractiva? Es complicado, puesto que el coste de los terminales va en relación con los volúmenes negociados y ofrecer lo mismo que los dominantes ya implica un esfuerzo muy superior (que además tendrá que recuperarse con tarifas menos rentables. De ahí que algunos de los nuevos operadores estén planteando las activaciones con los terminales liberados de la competencia).

¿Por qué ofrecer entonces una oferta simplificada y abaratada? ¿Por qué ponerse en situación de tener que recuperar, con menores ingresos, una inversión en la adquisición del cliente mayor? ¿y por qué escoger como terreno de juego un segmento, acaso minoritario de usuarios, donde además se concentra la mayor cantidad de oferta competitiva e igualadora? Hay un aspecto, entre todas las valoraciones, que parece incuestionable. Vender precio es sencillo de comunicar. Cualquier departamento de marketing o de comunicación resuelve con facilidad la necesidad de construcción de la propuesta. Basta ocupar el 70% del espacio del home, del anuncio en el periódico, con un único número, y el usuario abandona el lugar con una comprensión clara de lo que se le ofrece. Si no lo confunde con alguno de los numerosos mensajes de la competencia, claro. Vender conveniencia, fiabilidad, servicio, o incluso producto es más complicado, intangible, y no garantiza ningún éxito. Repasar un mercado para identificar estímulos de comportamiento diferentes al coste que formen segmentos relevantes -los gamers e internet addicts, necesitados de comunidad, los autónomos, reclamando atención comercial personalizada, los trabajadores en la calle, reclamando conveniencia y predictibilidad del gasto- tampoco. Aunque en la visión el éxito nunca está garantizado, sino en la ejecución. Y al menos se comienza en un lugar donde el ruido del mercado es inferior.


La movilización de la información

13 noviembre, 2007

Lo móvil se impone. La tecnología ha ejercido un papel determinante en hacer móvil el contenido y su consumo, y ahora las personas hemos incorporado a nuestra vida diaria el formato móvil, portable, consumible y accesible desde cualquier lugar. La información se digitaliza, se hace transportable y manipulable, y está listo para su entrega en movimiento. Para volverse portables, los contenidos se reducen y fragmentan, se convierten en síntesis de su versión original. La música se convierte en ringtone, en ring-back-tone, y puede incorporarse a nuestro movimiento diario. El vídeo se fragmenta en clips, las películas en sketches, y las reflexiones se vuelcan en blogs y las declaraciones en latidos de twitter. El negocio alrededor de los contenidos se magnifica: lo pequeño se consume antes, se renueva con más facilidad, se factura más veces y la producción gana en escala.

El contenido se consume atomizado, en tiempos muertos, en una sucesión cada vez más veloz de temas, novedades, formatos. Y los productores, los nuevos generadores de contenidos, acompañan la tendencia aportando versiones cada vez más ligeras, más móviles, adecuadas al consumo al vuelo de los usuarios. La perspectiva de la producción también se ajusta. Se puede prescindir de productores y factores con dedicación completa que presentan el problema de gestionar la ocupación y amortizar activos. Se acude al contenido generado por los usuarios, a la contratación puntual,… todo se vuelve transaccional, breve, orientado al resultado, formal. Es el universo del la atención parcial continua: la compresión llega a tal punto, la desagregación es tan completa que empezamos a intuir maneras de digerir diversos contenidos simultáneamente, en hilos o conversaciones simultáneas: mensajería instantánea, email, llamadas, videos, emitiendo, recibiendo… resulta ingenuo, derrochador, requerir los cinco sentidos para una sola actividad.

Nuestros comportamientos reflejan entonces la nueva naturaleza de nuestra relación con los medios: la inmediatez desplaza a la precisión y el análisis -los bloggers cuentan ya con más influencia que muchos medios escritos-, los pensamientos a los discursos -se prefieren los comentarios a los investigación, las noticias a los informes, las crónicas a los libros-: no hay tiempo para detenerse en una idea, nada se desarrolla y sólo existe paso a la sucesión de eventos. La ingente cantidad de información no permite dedicar la atención, sólo repartirla: el acceso al individuo es precario y aún así se revaloriza y encarece constantemente.

¿Estamos las personas listas para esta transformación? ¿Hemos mejorado la productividad de nuestra asimilación de tal manera que somos capaces de actuar ejecutivamente respecto de la información recibida? Y en la creación de contenidos, ¿somos tan evolucionados como para admitir la sustitución del discurso por lo abreviado sin pérdidas de significado? ¿Es ya el hombre un ser tan eficiente que conoce el secreto de la decantación de la información, o estamos abandonando la esfera de la instrospección y el análisis por la de la superficialidad y las referencias? 


Respuestas en busca de preguntas

5 octubre, 2007

El negocio de los buscadores es hoy probablemente el principal mercado de internet. Alrededor de las búsquedas se concentra la mayor parte del negocio publicitario, y el negocio publicitario es hoy el principal sustento de la mayoría de pobladores de internet. El negocio de las búsquedas -aunque fuese descubrierto por otras empresas- encumbró a Google, y tras su estela aparece un interés redivivo sobre la mejor tecnología para ofrecer a los usuarios lo que buscan y necesitan.

El hecho es que el dominio de Google sobre la tecnología de la búsqueda, el secreto de la relevancia de los resultados, parece tan absoluto que en algunos casos uno siente la tentación de dar la guerra por concluída. Google no sólo cuenta con la mejor tecnología, cuenta con la mejor marca, la posición más dominante, y los mayores recursos que destina además en una superior proporción a investigar y desarrollar la mayor potencia y verosimilitud de los resultados. Intentar hacer de Google mejor que Google puede parecerle razonable a algunos, pero suscita escepticismo a priori. ¿Hemos llegado al final de la historia de las búsquedas?

Desde luego, muchos piensan que no, y la propia evolución de internet y de los negocios tecnológicos desaconseja excluir el cambio como variable. La cuestión es adivinar la grieta en la coraza de Google por donde pueda ésta resquebrajarse. O inventarla. La historia de los fracasos empresariales nunca comienza por una crisis prevenida.

Probablemente el origen del cambio consista en desplazar el rectángulo de juego tecnológico, en el que Google se encuentra tan cómodo, a otro más azul y en el que las reglas no las marque un algoritmo. ¿Qué es lo que valora un usuario cuando lanza una búsqueda al ciberespacio? ¿Decenas de miles de resultados? Recuerdo haber leído estudios sobre búsquedas en los que se arrojaba una media de poco más de dos páginas visitadas, es decir, menos de 30 links son consultados en media tras una búsqueda. Si no es cantidad pues, lo que satisface al usuario, se trata sin duda de calidad, pero ¿cómo medirla y aun obtenerla? Cuando uno emite una búsqueda, conoce la respuesta que espera aunque ignore su contenido, y el mayor esfuerzo personal reside en transmitir adecuadamente a la máquina la pregunta que lleva aparejada. Las máquinas que atienden a nuestras preguntas no empatizan, no contextualizan nuestra necesidad, no son capaces de superar la ambigüedad de nuestras expresiones. La mejora de los resultados de las búsquedas que anhelamos acaba pues por exigirnos un trabajo de aproximación: o las personas mejoramos en nuestra interpelación a las máquinas, haciéndonos más precisos y menos ambiguos al consultar, o las máquinas se vuelven más humanas y comprensivas y nos sobreentienden cuando lo necesitamos.

Los nuevos buscadores aparecen entonces por la frontera de la socialización de las máquinas. Mahalo, por ejemplo, comprende el esfuerzo de hacerse preguntas y resolverlas manualmente, para luego alojar dichas respuestas en la máquina. Representa la antítesis de Google. El problema está en el esfuerzo. Mahalo admite que no podrá atender más allá de un 30% de las preguntas (no será capaza de hacerse más de un 30% de las preguntas, en primer lugar), aunque dicho porcentaje puede representar una mayoría de los casos debido a la concentración de las necesidades (unos pocos términos son los más buscados). Mahalo está intentando superar el problema de la limitación incorporando a usuarios a la tarea de clasificar la web. En esta línea, la etiquetación de la web a la que estamos asistiendo desde los sitios web 2.0 puede estar abonando el futuro de los nuevos buscadores. Algunos lo han apuntado ya (el blog Read/Write Web sobre el papel de Del.icio.us y StumbleUpon como generadores de resultados), y los optimistas del poder de los usuarios probablemente celebran la posibilidad.


El líder constante

28 agosto, 2007

Hace unas semanas conjeturaba sobre la posibilidad de que el grupo pudiese ser elevado a la categoría de participante en la toma de decisiones en entornos críticos, como el gobierno político o corporativo, gracias al avance de la tecnología que materializa la formación de opiniones y su expresión en tiempo real. Sobre esto no fui novedoso, otros han abundado tanto sobre el nuevo poder de los individuos como sobre la calidad de las decisiones tomadas por los grupos. A través de una entrada de E. Dans observo actualmente un ejercicio real, aunque aún en gestación, de entrega de la decisión a un grupo: la gestión de un equipo de fútbol .

El caso tiene varios aspectos interesantes. De un lado, en el mundo del fútbol la cualidad de experto técnico (en la gestión, en este caso) es más difusa que en casi cualquier otro (no existe nada parecido a una escuela de gestores de equipos, y cuando las hay, pasan de puntillas sobre las decisiones que verdaderamente separan a los clubes exitosos de los demás, como la elección de los jugadores a comprar, a vender o la valoración adecuada de los mismos al confeccionar las plantillas). Unas cosas y otras conducen a considerar la dirección de equipos de fútbol, en gran medida, un arte antes que una ciencia, un sujeto de fortuna antes que un objeto de trabajo, como si el secreto de la gestión fuese un arcano inalcanzable para cualquier individuo de forma deliberada.  Por otra parte, el carácter de competición parece facilitar las comparaciones sobre qué organizaciones estan mejor gestionadas, de modo que los resultados del experimento, aunque necesiten de un periodo suficiente para ser significativos, podrían aportar conclusiones significativas. De este ejercicio el individuo podría quedar señalado como un pasivo en la toma de decisiones frente a un grupo más inteligente que él, que no envejece, más difícil de corromper, más constante.

Aunque hablemos de fútbol, podrían ser plantillas u organizaciones de cualquier tipo: el fútbol lo único que hace es exacerbar la guerra por el talento en términos de riesgo económico y con ello las consecuencias de decidir correcta o erróneamente. Lo que de aquí se concluya será razonablemente exportable a otros ámbitos. 

 J. Surowiecki, en su libro fantásticamente documentado, apunta multitud de casos (en política, o en criterios de calidad artística) en los que el colectivo concibe mejores decisiones que el individuo. Para obtener sin embargo decisiones válidas del grupo es necesario que éste sea independiente (que unos individuos no condicionen las respuestas de los otros). Cuando no lo es, Surowiecki lo llama turba [mob] y es descartado como un productor eficaz de decisiones. En este punto, el fútbol no será un buen caldo de cultivo: demasiadas pasiones, demasiada atención, demasiada discusión.

Pero el mayor problema práctico viene en mi opinión de la articulación de las fronteras entre las responsabilidades de ambos. Es evidente que el grupo no tiene una existencia permanente, se constituye y expresa para la ocasión, es multiforme y es discontinuado, por lo que nadie, ni siquiera Surowiecki sugiere que los grupos suplanten a los individuos completamente. Es necesario asignar a cada uno un área de acción. El individuo, a través de su pericia técnica, es capaz de avanzar en terrenos administrativos, burocrácticos, de análisis y coordinación, mientras que el grupo podría entrar en escena cuando se requiera una decisión estratégica. Pero ¿qué ocurrirá con lás zonas grises? ¿Quién presenta y determina las opciones al grupo, para su elección? ¿Quién determina los límites o condicionantes de la decision -por ejemplo, cuánto endeudarse para fichar jugadores-? Sospecho que en la contienda entre el grupo e individuo, será un individuo quien ejerza de juez.


La moneda virtual de la atención

9 julio, 2007

Buena parte del fracaso del internet 1.0 se fundó en la ausencia de modelos de ingreso o, dicho con más precisión, en la creación de modelos de ingreso que pretendían -sin consideración de la realidad- ofrecer servicios bajo el modelo publicitario: el usuario no paga por su disfrute, paga una tercera empresa por la atención (eyeballs) obtenidas en la congregación de visitantes y usuarios. Este modelo no es necesariamente malo, aunque en durante la burbuja sufrió degradaciones como justificar negocios para los que no había exhibidores, o plantearse de forma irrazonable (los modelos publicitarios, hasta la aparición de la larga cola, suelen aparecer con un esquema winner takes all que impide la supervivencia de más de uno o dos jugadores, y aún hoy al paraguas del long tail, de forma general no aseguran la rentabilidad de los entrantes más que con estructuras de coste optimizadas).

En todo caso, y aun pesando las innumerables defunciones de empresas que no han superado la prueba de la segunda ronda de financiación, durante todo este tiempo el modelo de ingreso publicitario se ha mantenido con fuerza, cotizando crecientemente al alza una nueva divisa digital: una falsa gratuidad. ¿Qué significa gratis para el usuario? No pagar dinero. Pero en la economía de la atención, aparece una nueva moneda, la información. Los modelos de negocio parecen refinarse hasta el extremo en que los ha dejado Google, en el encuentro de un click de un usuario con su conversión en compra para un comerciante a través de una intención declarada. Si primero se pagaba por surfear, lo cual acabó en algunos desastres y en el marketing bajo permiso, ahora asistimos a un modelo mucho más potente, por lo masivo, e inquietante, por el objeto de contraprestación, a saber, conveniencia -casi sin límites- en el medio digital, de forma gratuita, a cambio del ‘alma’ virtual del usuario. El rastro digital de nuestras vidas, que cada día es más profundo, completo, y real, custodiado por un celador que en este caso es juez y parte. ¿Cabe fiarse a la escrupulosidad, rigor y honestidad de Google en la promesa de cuidado hecha? En primer lugar, ¿sabemos a qué se ha comprometido Google y dónde se ha fijado a sí mismo los límites de su actuación? Tomándolo del post de Battelle, quien a su vez extracta los términos de servicio de Gooogle (el subrayado es mío):

11.1….By submitting, posting or displaying the content you give Google a perpetual, irrevocable, worldwide, royalty-free, and non-exclusive licence to reproduce, adapt, modify, translate, publish, publicly perform, publicly display and distribute any Content which you submit, post or display on or through, the Services. This licence is for the sole purpose of enabling Google to display, distribute and promote the Services and may be revoked for certain Services as defined in the Additional Terms of those Services.

11.2 You agree that this licence includes a right for Google to make such Content available to other companies, organizations or individuals with whom Google has relationships for the provision of syndicated services, and to use such Content in connection with the provision of those services.

Recientemente E. Dans, quien en el pasado había elogiado la labor de Google y su dirección, se cae del caballo para criticar duramente los últimos movimientos del buscador. Al contrario que la moneda financiera, la moneda de la atención se reevalúa con la acumulación: cuanta más precisión exista en los perfiles que se conforman de nuestra persona, máyores son las posibilidades de intromisión y mayores los temores. Al haber otorgado tanto poder a un único destinatario, nuestra desconfianza se dispara. Y sin embargo, y pese al murmullo, no se observa más que pasividad en los usuarios, no figuran movimientos de rechazo o animadversión contra los buscadores. ¿Cómo explicar esto? En parte, Google aún se beneficia de la inmejorable acumulación de capital en relaciones públicas que consiguió amasar durante años. Pero en parte también porque mediante la explotación del modelo de la gratuidad, Google ha conseguido un efecto esencial sobre el valor percibido de la moneda con que se cobra: ha devaluado su cotización. Por último, las identidades digitales, -por lo que tienen de ficticias o al menos de potencial de serlo- en la red han contribuido a formar una imagen difusa, devaluada, de nuestros yos virtuales (no tenemos apego ni consideración por nuestro rastro en la red, es considerada en parte reponible, sustituible, reproducible y desechable), aspecto del que Google se ha beneficiado enormemente. Y sin embargo, nuestra huella digital es un reflejo cada vez es más fiel de quiénes somos en realidad y a qué aspiramos. Pero esto ya lo sabe Google.


El diálogo en web 2.0: Implicación de los usuarios

28 junio, 2007

Por expresarme en términos web 2.0, el tag del web 2.0 sería sin duda «web social». Pero qué sea web social puede ser interpretado en dos sentidos: web social porque los usuarios -no las empresas o grupos organizados- creamos contenidos o web social porque los usuarios respondemos a contenidos de otros usuarios (es decir, web social por participación de usuarios a usuarios, por diálogo). Que los usuarios podamos crear es esencialmente el resultado de remover la barrera técnica de la publicación a un impulso natural de las personas por contar, por comunicarse, por transmitirse. Que los usuarios participen atiende a su vez, en mi opinión,  a dos nuevas condiciones: la de la atención, que con la larga cola en la mano es una cuestión estadística (aunque no así la dosis de atención, que determina el éxito y la relevancia, por emplear la palabra que funda todo el negocio de los buscadores en internet) y puede darse por asegurada en ciertas -pequeñas- cantidades, y la de la emoción, la capacidad de hacer sentir al usuario. Sin emoción no hay participación, y por ello la participación es tan escasa.

La participación es valiosa porque valida el mensaje del emisor -incluso cuando lo critica- y porque refuerza la vocación creadora de éste, al implicarle en un diálogo (Enrique Dans, un blogger de éxito, explica la importancia de los comentarios en su blog). ¿Cómo crear emoción, es decir, cómo generar participación? ¿se puede tratar de comprar, como pretende Google? No tengo una respuesta, aunque puedo especular: el dinero puede resolver el problema de la atención, en la medida en que permita a algunos concentrarse en la producción o la realimentación de contenidos, mejorando su calidad (habrá quien refute esto, con el movimiento open source como argumento, aunque no es el objeto de este post discutir esto, por más que valga la pena apuntar que hay mucho más dinero del que se piensa tras los esfuerzos open source), pero parece complicado crear ambiente si no hay también un sentimiento previo. En mi opinión lo que se oculta detrás de la emoción, lo que abona el suelo de la participación, es el sentimiento de comunidad. Recuerdo haber acopiado algún análisis sobre las comunidades hace algún tiempo (Forrester también, y ahora recupera la visión, abundando en la actualidad del concepto), y quisiera recuperar unas conclusiones de un grupo de Stanford sobre los ingredientes de la comunidad: gente con algo en común, reunidos en torno a algo -una historia-, y donde la virtualidad ejerce de catalizador al facilitar la comunicación y la desinhibición. Por ello los resultados más espectaculares de implicación y participación una y otra vez siguen apareciendo en las webs de pacientes y familiares de enfermos.

El problema es que la emoción, la cercanía con el usuario, a menudo viene a costa de la polarización o la reducción: o se dogmatiza con opiniones que permitan agregar impertubables en torno a uno a los irreductibles de la postura o se establecen señas de identidad muy nítidas que excluyan de forma inequívoca a la mayoría y fortalezcan los vínculos de los que permanecen en interior. Algunas de las comunidades más intensas lo son precisamente porque no permiten entrar a cualquiera. Y la baja participación de las democracias o las iglesias cristianas sufren de abarcar a demasiadas sensibilidades, lo que les resta emoción (el islam es un caso complejo, aunque parece que ha apostado por la polarización).


Explotar los contenidos. Qué vale más, la audiencia o los ingresos

13 junio, 2007

En el apogeo de la burbuja tecnológica del año 2000 se solía decir que el contenido era la clave (content is king). En un momento de competencia intensa por la atención (eyeballs) que en aquel momento era equivalente de éxito y de cotización bursátil, muchas empresas desearon contar con fuentes de contenidos para sus infraestructuras y estuvieron dispuestas a casi cualquier cosa, incluyendo la disolución de sus modelos de negocio, para hacerlo.  En aquellos tiempos también aparecieron las reglas del juego, notablemente la Digital Millenium Copiright Act (DMCA), que establecía una protección para aquellas compañías que ofrecían el acceso respecto de la legalidad de los contenidos servidos a través de sus enlaces -puesto que se alegaba la imposibilidad práctica de monitorizar cada bit transmitido- siempre que se produjesen un par de circunstancias: que la compañía de infraestructura estableciese claramente una política al respecto de lo permitido a sus usuarios, incluyendo la retirada de contenidos infractores del copyright una vez detectados, y que no hubiese beneficio económico para la empresa que actuaba como plataforma.

Tras el crash de la burbuja, asistimos a una nueva era dorada de los contenidos, revitalizada esta vez por la producción social en el ecosistema del web 2.0. MySpace, Google Video, Pandora, iTunes, YouTube… muchos de los sitios de más éxito en internet explican una buena parte de sus resultados por la oferta de contenidos que ofrecen.  El más paradigmático es sin duda YouTube. Google conmovió la sociedad digital con la compra de youTube hace unos meses, y ahora es noticia porque anuncia un sistema para la gestión de los contenidos y su copyright de forma preventiva (sistema del que algunos ya desconfían en su aplicación práctica).  Aunque Google ha venido cerrando acuerdos con muchos propietarios de contenidos y unos pocos son realmente originales, es muy probable que una gran mayoría de los contenidos de YouTube sean volcados por usuarios que no disponen de la propiedad sobre los mismos, creando un sistema muy atractivo desde el punto de vista de la atención y de difícil monetización por Google, que sobrevive a las demandas de los propietarios bajo la doble ficción de que no le es posible monitorizar todo el tráfico (lo que no le ha impedido evitar la carga de pornografía a su red, como demuestra esta excepción) y de que «no colabora» (esto es, no se beneficia económicamente, aunque el tráfico de sus sitios tiene una relación directa con el valor de la compañía) con los infractores. La posibilidad de que pueda en adelante anticipar al momento de la publicación la gestión de la propiedad coloca a Google ante un dilema: ¿querrá Google forzar la remoción de contenidos ilegales a cambio de la posibilidad de explotar los que restan? Suponiendo que el sistema sea eficaz (probablemente aquí esté el quid de la cuestión), YouTube tendría la posibilidad de conseguir un negocio ‘limpio’, pero probablemente sin muchos de los usuarios (que acuden a ver contenidos protegidos) actuales, pero explotable, o mantener el sitio más efervescente de internet con la penalización de no poder explotarlo al 100%. Las economías de red y la historia empresarial de los últimos años (microsoft vs netscape, blogger vs. six apart, linux vs windows), así como la propia historia de Google parecen indicar que es preferible asegurar el dominio futuro que cosechar en el presente, aunque esta vez es posible que sus involuntarios proveedores quieran tener un voto en la decisión.


¿Quienes serán los periodistas del futuro (digital)?

7 junio, 2007

El modelo de negocio de la prensa escrita está sufriendo importantes sacudidas, de las que es difícil anticipar el desenlace tras la crisis. John Battelle recupera en una entrada reflexiones profundas, y preocupadas, sobre el futuro del sector. En un país donde los salarios son costes completamente variables, el San Francisco Chronicle anuncia el despido de 100 trabajadores como fórmula para reducir gastos y conservar la rentabilidad. Battelle solicita que, frente a la dramática situación del periodismo impreso, Google asuma su responsabilidad social subsidiaria y asuma un papel de liderazgo en la generación de ideas e información. Recientemente H. Blodget, al calor de la venta de Dow Jones, editor de WSJ, al News Corporations, abunda en la idea sugiriendo que Google o Yahoo! podrían ser interesantes adquirentes del grupo periodístico.

El ascenso del web 2.0 y la multiplicación de los emisores de información ha estado ocultando un hecho muy relevante: las fuentes originales de contenido siguen siendo muy reducidas: gran parte de la multiplicación de los mensajes que se observa en este época son eco de unos pocos materiales que se rastrean y revelan en la mayoría de los casos gracias a la actividad profesional  de algunos grupos y organizaciones comprometidos -por vía de la satisfacción empresarial de una demanda del mercado- con la producción informativa. Sin ellos, todo el escenario del web 2.0 puede tambalearse seriamente, inconsistente sin el atrezzo de los datos e historias que funcionan como materia prima y que contribuyen a dotar de significado mediante la aplicación de infinitas perspectivas personales.

La inevitable transformación del escenario de los medios (quizás sería más propio llamar orígenes) de información no garantiza una evolución a mejor, sólo una transformación de los modelos de negocio: las fuentes de ingresos se desplazan a medios más eficientes (publicidad contextual frente a segmentaciones básicas, anuncios clasificados dinámicos y accesibles en la web que desaparecen de la prensa escrita donde se vuelven obsoletos en minutos). El problema de la gestión de la atención ha proporcionado a los medios digitales, con las herramientas de la personalización y los filtros, la manera de intermediar entre las fuentes originales y los usuarios complejos que encuentran ahora el modo de digerir todas las fuentes que les interesan gracias una asimilación previa que les entrega el portal, con importante beneficio económico derivado de monetizar todas esas páginas vistas.

El nuevo modelo de negocio sitúa a los medios tradicionales en una situación insostenible (los medios tienen vocación de influir, de formar opiniones, pero hacerlo -entrando en la red- les supone un coste que no saben recuperar, y no hacerlo les condena a la marginalidad) en la que lo único que saben apreciar con nitidez es la elevación de los nuevos infomediarios, a quienes no saben si demandar o pedir ayuda. A su vez, los nuevos intermediarios se declaran, cada vez con menos convencimiento, como empresas sin participación en la creación del contenido, solo en su agregación y entrega. A medida que se haga más evidente el poder de los nuevos intermediarios y la importancia de las fuentes de contenido, será más extraño no verticalizar los negocios, y entonces los agregadores se enfrentarán a un dilema para el que no han sido educados: la elección entre el contenido propio y el interés del usuario.