El fin de la intimidad

Hablamos del web 2.0 como el web social. Gracias a las nuevas aplicaciones y servicios, todos podemos publicar, acceder al exterior sin intermediarios ni barreras. Pero el camino parece cada vez más vertiginoso. Es sencillo comprobar como el balcón de un blog a menudo lleva al autor a forjarse una obligación frente a los lectores, reales o imaginarios, anónimos o no, una obligación que le mueve a declararse y confesarse cada vez más abiertamente. Secretos empresariales o personales, estados de ánimo, frustraciones son vertidas al espacio virtual para alimentar no se sabe bien si la ansiedad del blogger o de su audiencia (sospecho que la primera). Cada vez queda menos dentro y más en la web.
Los blogs sin embargo puede que sean el caso más inocente. En MySpace adultos americanos exponen sus vidas y gustos al alcance de cualquiera. Algunos diggers pasan cada vez más tiempo enviando contenidos solo porque así son reconocidos. El sitio Facebook, con más de 9 millones de adolescentes como usuarios, ha pasado a primera página por haber incluido un servicio para informar, como si de alertas se tratase, de cuándo un usuario experimenta un cambio (como separarse de su pareja, ser detenido,… y los que quiera que se vuelquen al expositor). Es difícil prever dónde puede acabar el derecho de cada uno a imponer a los demás sus 15 minutos de fama.
Es posible que la causa del problema esté precisamente en la razón de su éxito. Las comunidades mueven hoy completamente el negocio de la atención. Con los medios publicitarios convencionales registrando cada vez peores respuestas, el dinero de las marcas busca la atención de las personas en sus espacios de entretenimiento, los círculos en los que se reunen a formar comunidades. Siempre hay dinero para financiar una compañía que presente una nueva fórmula de explotar una red social o de contactos. El problema es que para crear comunidad, nos dice la teoría, es imprescindible el ingrediente del elemento compartido. Y nada es más compartido por el género humano que la miseria personal.

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