El buzón de voz, una equivocada vaca lechera

10 julio, 2008

El buzón de voz como servicio en su concepto es razonable: permitir acceder selectivamente a las llamadas perdidas. No obstante, en su definición actual es muy deficiente, y los comentarios vertidos alrededor de un reciente post de Dans recogen elocuentemente la contestación y desagrado del público con el servicio. Como ocurre a menudo con la creación de oferta en telecomunicaciones, el servicio se diseñó por ingenieros a partir de una tecnología disponible (en el sentido de materializable), sin consideraciones de usabilidad y sin reajuste conforme al comportamiento del usuario cuando éste se conoce. El buzón de voz, que se concibió en un inicio como un servicio de pago -se pagaba una tarifa por acceder a sus contenidos- y de uso minoritario, pasó posteriormente a ser gratuito, volviéndose mayoritario en su uso (en lo que tuvo mucho que ver la decisión de las operadoras de entregarlo preactivado a los nuevos suscriptores de líneas). Asociado al tráfico de voz, que representa el 85% de los ingresos para del negocio, el buzón de voz ha aportado unos jugosos ingresos a las operadoras, a través del cobro de la interconexión a las operadoras de los llamantes infructuosos y del tráfico incrementado gracias a los mensajes recogidos.

 ¿Cómo se ha de tratar un servicio que aporta dinero en un campo -la voz- de la que se piensa que no da más de sí? Como a una vaca lechera, en vocabulario BCG. La teoría nos llevaría pues a dejar de invertir en el producto y maximizar el ingreso mientras se pueda. Y bien puede decirse que eso es lo que han hecho las operadoras: con la excepción de retoques alrededor de incrementar el ingreso capturable (como incluir publicidad en los SMS que avisan de la llamada en el buzón o hacer llamadas desde el buzón al usuario para tratar de elevar la tasa de respuestas), el buzón de voz se ha mantenido en su funcionamiento prácticamente como el primer día (podría hacerse la excepción del uso de spinvox por Vodafone para convertir a texto los mensajes, aunque resulta subsidiario al buzón y no se ha promovido a escala masiva, diría yo), recogiendo ingresos de forma incesante (y decreciente) alrededor de las llamadas, y dejando un regero de irritación en los usuarios por el camino.  

¿Es el buzón de voz (y la voz, en sí misma) un producto a ordeñar? Cuando el producto representa una parte tan significativa de los ingresos del negocio, desarrollar una estrategia defensiva resulta muy cuestionable. Elevar, o retener la caída de los ingresos, un 1% en la voz implica tanto como elevar los ingresos del total de los servicios de datos -excluyendo los SMS, acaso también maduros- más de un 15%, y eso considerando el tráfico de datos en su conjunto (contenidos, navegación, tráfico,… que deberían subir todos en dicho porcentaje para resultar comparables). Y aún más: nos estamos centrando en los ingresos, cuando el modelo de negocio para el tráfico de datos resulta mucho más cuestionable en márgenes actuales y previstos que los de la voz, ya que requiere un uso de la capacidad de tráfico tendida muy superior.  Habiendo considerado pues todo el paisaje, ¿conviene seguir aceptando que la voz es un producto agotado? ¿Es aceptable admitir un negocio basado en que minutos después de recibir una llamada que el usuario no ha cogido el operador lance una llamada desde el buzón de voz para vomitar nuevamente el mensaje? ¿Estamos dispuestos a admitir que el operador no cuenta con información respecto de las llamadas recibidas -y contestadas- por el terminal receptor y las realizadas desde el momento de la llamada como para establecer escenarios de comportamiento (el usuario no está atendiendo ni realizando llamadas, no debe molestársele)? ¿Tendría esto valor para el usuario, se transmitiría a su satisfacción global con el servicio? Alrededor de la gestión de la presencia, del comportamiento del usuario, como se encargan de recordarnos los de STL en su impagable blog Telco 2.0 existe todo una panoplia de servicios por recorrer, en los que el papel del buzón de voz puede ser central (modificar de forma directa, acaso con códigos USSD, el mensaje a emitir a los llamantes, distinguir cuando llamas y el usuario no atiende llamadas a cuando llamas y te llamará en unos minutos, distinguir un móvil apagado durante horas y previsiblemente sin un usuario cerca de un móvil que ha sido utilizado hace minutos y se puede intentar en breve). Buena parte de las posibilidades de las nuevas IMS se justifican alrededor de estos valores, pero no es necesario esperar a estas redes de nueva generación para iniciar el camino de satisfacer al usuario con este tipo de funcionalidades.

El buzón de voz, si se ajusta a los casos (ahora no puedo / no acepto llamadas sin identificación / enviame un SMS que estoy reunido), tanto si es guiado de forma activa por el usuario como apoyándose en el comportamiento de éste, resultaría de un gran valor para el usuario. Por lo pronto, tendremos que conformarnos con el avance que es -para los americanos, aún no sé si Movistar lo incorporará como servicio- contar con un buzón visual que permita acceso directo y no secuencial a los contenidos.


¿Puede la ignorancia servir de ventaja competitiva?

4 julio, 2008

¿Deberían los fabricantes de armas ser responsabilizados de las muertes que provocan sus productos? El dilema de la herramienta y su uso es una historia familiar de difícil solución si excluimos los extremos y nos posicionamos en la más amplia zona de grises. En el universo de los contenidos, la historia es recurrente. Los fabricantes de reproductores de video(casettes) fueron en su día temidos y amenazados por los estudios. Hoy las herramientas P2P, posiblemente una de las tecnologías con más futuro en la organización de los recursos de internet, son criminalizadas por las discográficas y productoras bajo el argumento de que no tienen otro fin que el de habilitar la delincuencia (intelectual). Bajo un mismo principio de ilegalidad indiscriminada se justifica la existencia de un canon digital que afecta a cualquier soporte susceptible (aunque dificilmente podría argumentarse que abocado) de facilitar la copia ilegal. El avance de la batalla jurídica ha dejado también algunos cadáveres en el camino. Napster claudicó ante la circunstancia de que existía una inteligencia u organización central que podía entenderse ‘responsable’ de la facilitación de la compartición -ilegal- de contenidos. Otros que vinieron después han tenido buen cuidado de no conservar registros centrales, de modo que sólo ‘la masa’ (o debería decirse nube, concepto más actual) indefinible de usuarios como un todo cuente con el detalle del delito.

Alrededor de esta idea de la consciencia o conocimiento del delito que se perpetra se configuró en su día la legislación americana de protección de los derechos en el mundo digital: Digital Millenium Copyright Act (referida habitualmente como DMCA). En ella se mantiene que si una propiedad web que facilite la carga de información y contenidos a los usuarios no conoce qué están haciendo estos, y más allá de exigírsele la obligación de advertencia contra las prácticas ilegales, no puede ser tenida por responsable de las infracciones al derecho de propiedad intelectual que hagan los usuarios. ¿Ejemplo? Youtube.

Youtube es posiblemente el mayor centro mundial de delitos contra la propiedad intelectual. Es difícil encontrar un video que no emplee canciones o audios sin permiso de la discográfica que ostenta los derechos, o fragmentos directamente copiados de los catálogos de productoras o archivos de televisión. ¿Cómo se mantiene o justifica esta situación? Porque los propietarios de Youtube (el equipo de Google) declara, acogiéndose a la DMCA, que ignora qué es lo que reside en sus servidores, en la medida en que ha sido dejado allí por los usuarios. ¿Cómo puede Youtube no estar al tanto de lo que hay, cuando cualquiera de nosotros lo observa? Bien, se trata de una ficción sostenida sobre dos aspectos: por un lado, la tecnología de búsqueda de video está en su infancia comparada con la búsqueda textual. Basta escoger un párrafo del último libro de Harry Potter e introducirlo en Google para obtener una lista de sitios sospechosos de estar publicando sin permiso de la editora el texto del mismo. En video (o audio) no es tan sencillo. Existen tecnologías para reconocer caras o huellas dentro de los archivos (probablemente Google cuente con algunas de las más avanzadas en este campo, aunque no está particularmente interesada en exhibirlas), pero son imperfectas y lentas. De modo que Google prefiere esperar a recibir un ‘take down notice‘ o aviso del detentador de los derechos lesionados, y en tal momento, eliminar el contenido de su servidor (que será repuesto de nuevo por otro usuario con brevedad). Asi, cumple las exigencias de la DMCA y entretanto habrá ganado el tráfico y la popularidad asociada a dicho contenido.

El otro aspecto para sostener la argumentación de que Google ignora lo que se cocina en su propiedad es la obligación de no beneficiarse económicamente del contenido del video alojado. No puede haber delito sin beneficio. Este aspecto también es discutible -Google recibe algunos ingresos derivados de los links dispuestos, de modo que existe el beneficio-, pero tiene una línea nítida a respetar en la personalización o ajuste de la publicidad al contenido: es simplemente indefendible ignorar la naturaleza de un video con un extracto de la película 300 y situar en un pre-roll antes del visionado una indicación de que la misma está ya disponible en DVD. Google prefiere declarar que ignora los contenidos que exhibe y renunciar a asociar la publicidad que emplea a los mismos. El problema es que es justamente de la personalización de lo que Google ha establecido una ventaja competitiva. Cuando emitimos una búsqueda en el buscador, o cuando consultamos el correo electrónico en gmail, la razón de que Google pueda cobrar al anunciante un coste por el click no es otra que la de la relevancia del link con el contexto del usuario. La relevancia (pagerank es un concepto intercambiable con relevancia en el ADN de Google) es el cimiento del valor que aporta Google a todos sus usuarios y clientes. No sólo a Google, toda la industria de la publicidad de sustenta -y justifica- sobre la personalización/relevancia del mensaje al usuario: no es extraño para un anunciante pagar 10, o 20 veces más por un soporte que le aporte un mejor ajuste respecto del receptor y su receptividad. A cambio el mensaje personalizado ofrece a menudo una efectividad correlativa.  

De modo que el problema para Google-Youtube es, en términos porterianos,: ¿vale la pena renunciar a la ventaja competitiva propia por el efecto de una barrera de entrada en el negocio? Posiblemente el propio Porter valoraría que las barreras de entrada, acaso, deben desaconsejar el internamiento en un mercado, pero no de forma razonable justificar la entrada en un mercado con una organización distinta. Si Google renuncia a su ventaja competitiva, abandona la iniciativa de competición a otros, invierte el valor de su cultura y competencias para la obtención de resultados empresariales, situándose en una posición defensiva y debilitada justamente cuando cuenta, en circunstancias normales, con las condiciones más imponentes del sector. Google ha escogido competir, voluntariamente, en inferioridad, en un sector que había contribuido a constituir. Y además, aún debe probar que realmente ignora.