El diálogo en web 2.0: Implicación de los usuarios

28 junio, 2007

Por expresarme en términos web 2.0, el tag del web 2.0 sería sin duda “web social”. Pero qué sea web social puede ser interpretado en dos sentidos: web social porque los usuarios -no las empresas o grupos organizados- creamos contenidos o web social porque los usuarios respondemos a contenidos de otros usuarios (es decir, web social por participación de usuarios a usuarios, por diálogo). Que los usuarios podamos crear es esencialmente el resultado de remover la barrera técnica de la publicación a un impulso natural de las personas por contar, por comunicarse, por transmitirse. Que los usuarios participen atiende a su vez, en mi opinión,  a dos nuevas condiciones: la de la atención, que con la larga cola en la mano es una cuestión estadística (aunque no así la dosis de atención, que determina el éxito y la relevancia, por emplear la palabra que funda todo el negocio de los buscadores en internet) y puede darse por asegurada en ciertas -pequeñas- cantidades, y la de la emoción, la capacidad de hacer sentir al usuario. Sin emoción no hay participación, y por ello la participación es tan escasa.

La participación es valiosa porque valida el mensaje del emisor -incluso cuando lo critica- y porque refuerza la vocación creadora de éste, al implicarle en un diálogo (Enrique Dans, un blogger de éxito, explica la importancia de los comentarios en su blog). ¿Cómo crear emoción, es decir, cómo generar participación? ¿se puede tratar de comprar, como pretende Google? No tengo una respuesta, aunque puedo especular: el dinero puede resolver el problema de la atención, en la medida en que permita a algunos concentrarse en la producción o la realimentación de contenidos, mejorando su calidad (habrá quien refute esto, con el movimiento open source como argumento, aunque no es el objeto de este post discutir esto, por más que valga la pena apuntar que hay mucho más dinero del que se piensa tras los esfuerzos open source), pero parece complicado crear ambiente si no hay también un sentimiento previo. En mi opinión lo que se oculta detrás de la emoción, lo que abona el suelo de la participación, es el sentimiento de comunidad. Recuerdo haber acopiado algún análisis sobre las comunidades hace algún tiempo (Forrester también, y ahora recupera la visión, abundando en la actualidad del concepto), y quisiera recuperar unas conclusiones de un grupo de Stanford sobre los ingredientes de la comunidad: gente con algo en común, reunidos en torno a algo -una historia-, y donde la virtualidad ejerce de catalizador al facilitar la comunicación y la desinhibición. Por ello los resultados más espectaculares de implicación y participación una y otra vez siguen apareciendo en las webs de pacientes y familiares de enfermos.

El problema es que la emoción, la cercanía con el usuario, a menudo viene a costa de la polarización o la reducción: o se dogmatiza con opiniones que permitan agregar impertubables en torno a uno a los irreductibles de la postura o se establecen señas de identidad muy nítidas que excluyan de forma inequívoca a la mayoría y fortalezcan los vínculos de los que permanecen en interior. Algunas de las comunidades más intensas lo son precisamente porque no permiten entrar a cualquiera. Y la baja participación de las democracias o las iglesias cristianas sufren de abarcar a demasiadas sensibilidades, lo que les resta emoción (el islam es un caso complejo, aunque parece que ha apostado por la polarización).


Explotar los contenidos. Qué vale más, la audiencia o los ingresos

13 junio, 2007

En el apogeo de la burbuja tecnológica del año 2000 se solía decir que el contenido era la clave (content is king). En un momento de competencia intensa por la atención (eyeballs) que en aquel momento era equivalente de éxito y de cotización bursátil, muchas empresas desearon contar con fuentes de contenidos para sus infraestructuras y estuvieron dispuestas a casi cualquier cosa, incluyendo la disolución de sus modelos de negocio, para hacerlo.  En aquellos tiempos también aparecieron las reglas del juego, notablemente la Digital Millenium Copiright Act (DMCA), que establecía una protección para aquellas compañías que ofrecían el acceso respecto de la legalidad de los contenidos servidos a través de sus enlaces -puesto que se alegaba la imposibilidad práctica de monitorizar cada bit transmitido- siempre que se produjesen un par de circunstancias: que la compañía de infraestructura estableciese claramente una política al respecto de lo permitido a sus usuarios, incluyendo la retirada de contenidos infractores del copyright una vez detectados, y que no hubiese beneficio económico para la empresa que actuaba como plataforma.

Tras el crash de la burbuja, asistimos a una nueva era dorada de los contenidos, revitalizada esta vez por la producción social en el ecosistema del web 2.0. MySpace, Google Video, Pandora, iTunes, YouTube… muchos de los sitios de más éxito en internet explican una buena parte de sus resultados por la oferta de contenidos que ofrecen.  El más paradigmático es sin duda YouTube. Google conmovió la sociedad digital con la compra de youTube hace unos meses, y ahora es noticia porque anuncia un sistema para la gestión de los contenidos y su copyright de forma preventiva (sistema del que algunos ya desconfían en su aplicación práctica).  Aunque Google ha venido cerrando acuerdos con muchos propietarios de contenidos y unos pocos son realmente originales, es muy probable que una gran mayoría de los contenidos de YouTube sean volcados por usuarios que no disponen de la propiedad sobre los mismos, creando un sistema muy atractivo desde el punto de vista de la atención y de difícil monetización por Google, que sobrevive a las demandas de los propietarios bajo la doble ficción de que no le es posible monitorizar todo el tráfico (lo que no le ha impedido evitar la carga de pornografía a su red, como demuestra esta excepción) y de que “no colabora” (esto es, no se beneficia económicamente, aunque el tráfico de sus sitios tiene una relación directa con el valor de la compañía) con los infractores. La posibilidad de que pueda en adelante anticipar al momento de la publicación la gestión de la propiedad coloca a Google ante un dilema: ¿querrá Google forzar la remoción de contenidos ilegales a cambio de la posibilidad de explotar los que restan? Suponiendo que el sistema sea eficaz (probablemente aquí esté el quid de la cuestión), YouTube tendría la posibilidad de conseguir un negocio ‘limpio’, pero probablemente sin muchos de los usuarios (que acuden a ver contenidos protegidos) actuales, pero explotable, o mantener el sitio más efervescente de internet con la penalización de no poder explotarlo al 100%. Las economías de red y la historia empresarial de los últimos años (microsoft vs netscape, blogger vs. six apart, linux vs windows), así como la propia historia de Google parecen indicar que es preferible asegurar el dominio futuro que cosechar en el presente, aunque esta vez es posible que sus involuntarios proveedores quieran tener un voto en la decisión.


¿Quienes serán los periodistas del futuro (digital)?

7 junio, 2007

El modelo de negocio de la prensa escrita está sufriendo importantes sacudidas, de las que es difícil anticipar el desenlace tras la crisis. John Battelle recupera en una entrada reflexiones profundas, y preocupadas, sobre el futuro del sector. En un país donde los salarios son costes completamente variables, el San Francisco Chronicle anuncia el despido de 100 trabajadores como fórmula para reducir gastos y conservar la rentabilidad. Battelle solicita que, frente a la dramática situación del periodismo impreso, Google asuma su responsabilidad social subsidiaria y asuma un papel de liderazgo en la generación de ideas e información. Recientemente H. Blodget, al calor de la venta de Dow Jones, editor de WSJ, al News Corporations, abunda en la idea sugiriendo que Google o Yahoo! podrían ser interesantes adquirentes del grupo periodístico.

El ascenso del web 2.0 y la multiplicación de los emisores de información ha estado ocultando un hecho muy relevante: las fuentes originales de contenido siguen siendo muy reducidas: gran parte de la multiplicación de los mensajes que se observa en este época son eco de unos pocos materiales que se rastrean y revelan en la mayoría de los casos gracias a la actividad profesional  de algunos grupos y organizaciones comprometidos -por vía de la satisfacción empresarial de una demanda del mercado- con la producción informativa. Sin ellos, todo el escenario del web 2.0 puede tambalearse seriamente, inconsistente sin el atrezzo de los datos e historias que funcionan como materia prima y que contribuyen a dotar de significado mediante la aplicación de infinitas perspectivas personales.

La inevitable transformación del escenario de los medios (quizás sería más propio llamar orígenes) de información no garantiza una evolución a mejor, sólo una transformación de los modelos de negocio: las fuentes de ingresos se desplazan a medios más eficientes (publicidad contextual frente a segmentaciones básicas, anuncios clasificados dinámicos y accesibles en la web que desaparecen de la prensa escrita donde se vuelven obsoletos en minutos). El problema de la gestión de la atención ha proporcionado a los medios digitales, con las herramientas de la personalización y los filtros, la manera de intermediar entre las fuentes originales y los usuarios complejos que encuentran ahora el modo de digerir todas las fuentes que les interesan gracias una asimilación previa que les entrega el portal, con importante beneficio económico derivado de monetizar todas esas páginas vistas.

El nuevo modelo de negocio sitúa a los medios tradicionales en una situación insostenible (los medios tienen vocación de influir, de formar opiniones, pero hacerlo -entrando en la red- les supone un coste que no saben recuperar, y no hacerlo les condena a la marginalidad) en la que lo único que saben apreciar con nitidez es la elevación de los nuevos infomediarios, a quienes no saben si demandar o pedir ayuda. A su vez, los nuevos intermediarios se declaran, cada vez con menos convencimiento, como empresas sin participación en la creación del contenido, solo en su agregación y entrega. A medida que se haga más evidente el poder de los nuevos intermediarios y la importancia de las fuentes de contenido, será más extraño no verticalizar los negocios, y entonces los agregadores se enfrentarán a un dilema para el que no han sido educados: la elección entre el contenido propio y el interés del usuario.