Google Telco

21 marzo, 2007

“Given that our mission is to organize the world’s information, it’s important to make sure our applications work everywhere in the world”

Deep Nishar, Director of Product Management, Google

Aunque desde el punto de vista de los ingresos Google es una compañía del sector publicitario, muy pocos la vemos así. Google es hoy una compañía de medios (radio, video), editorial, de software, de servicios y aplicaciones en red,…por decir algunas, en muchos casos relacionadas entre sí apenas por constituir su base la información digitalizada, como reza su misión. La ingente cantidad de dinero (cash-flow) que el negocio publicitario genera le permite invertir en múltiples sectores de forma exploratoria, aunque se trate de adquisiciones con posiciones dominantes, a la espera de identificar modelos de ingresos atractivos (YouTube, Blogger, son ejemplos en este sentido), aún por revelar. Google es también crecientemente una compañía de telecomunicaciones. Ofrece aplicaciones de voz sobre IP, como Skype, en su Google Talk, forma parte del accionariado de una compañía que ofrece acceso y pretende contar con una huella mundial, y en los USA se plantea la creación de una red propia. La aparición de un un teléfono con la marca Google se inscribe dentro del comportamiento empresarial de Google como una extensión de su presencia, desde las capas superiores (aplicaciones y servicios), a las inferiores y de infraestructura (existen igualmente ecos de su entrada en sistemas operativos).

¿hasta dónde pueden llegar las ambiciones de Google en las telecomunicaciones? Es difícil responder a esa pregunta, pero quisiera lanzar una atrevida especulación. Esto es lo que yo creo que podemos ver de aquí a 3 años (2010):

Google lanza una versión móvil de Google Talk, desarrollada en java y descargable gratuitamente desde cualquier Terminal y que permite, mediante el empleo de APIs, el versionado y adición de funciones. Rápidamente y gracias a la aparición de bonos de consumo y tarifas planas de datos, la aplicación se vuelve muy popular entre los usuarios, especialmente entre los más jóvenes, pese a que la calidad de la voz no es comparable, sobre todo cuando se trata de hacer llamadas offnet, internacionales o en horas pico, gracias al posicionamiento que se hace del usuario en mashups (combinación de pequeñas aplicaciones o módulos) de googlemaps incluidos en la aplicación. En USA, algunos operadores reaccionan vulnerando el principio de net-neutrality, y penalizando o prohibiendo el empleo de nodos asociados a Google y la aplicación. Entonces Google, que ya cuenta con ciertas redes wi-fi en funcionamiento en algunas de las ciudades más importante de USA, adquiere AOL y establece un servicio de conectividad inalámbrica general, gratuito para la mayoría de los usuarios (existe una versión de pago con garantía de calidad y servicio), financiado con publicidad vista por los usuarios. Finalmente crea su propio MVNO (operador móvil virtual), utilizando la red de uno de los operadores móviles que hayan experimentado con WiMax, a quien finalmente comprará cuando decida que quiere salir de USA para contar con los acuerdos de roaming. Emplea un Terminal Linux (con una distribución ya personalizada como Google OS para el que se desarrolla una versión ligera pensada para terminales móviles) pensado para navegar por Internet y para la comunicación VoIP. La aplicación Google Talk móvil ya junta la oferta de servicio WIFI gratuito y handover automático entre redes fijas y móviles. El servicio es muy simple, basado casi exclusivamente en la transmisión de VoIP y en servicios web (inteligencia trasladada a la red, lo que permite utilizar todos los servicios de Google: calendar, maps, froggle, google docs, ….). No hay call center, solo atención por email y por navegación de una FAQ monumental, creciente y gestionada por la tecnología de búsqueda de Google, lo que hace que sea gratuito o puramente testimonial el coste (cuota anual <100€).

Antes de descartar el planteamiento por descabellado, considérese que Google cuenta con suficiente dinero y marca como para entrar de forma instantánea como dominante en un mercado, incluso si se trata de sectores intensivos en capital como el de las telecomunicaciones. Que la tecnología abarata continuamente el coste de tender redes y que seguramente exista una larga cola de usuarios de telecomunicación dispuestos a intercambiar calidad de servicio (hasta un punto, por supuesto) por precio y conveniencia (entendida ésta como la evitación de bloqueos de SIM, contratos de permanencia, …), como demuestran iniciativas como Blyk, y sobre las que los operadores actuales no están estimulados a abordar sin arriesgar sus ingresos presentes de forma significativa. Y que la convergencia de redes, servicios y terminales, reduce a cada día las barreras de entrada para que actores de un campo se trasladen a otros de forma natural. Y Google hace esto cada día.


De la conectividad al servicio de telecomunicación

6 marzo, 2007

Una entrada de E. Dans me hace reflexionar sobre la supuesta amenaza de tecnologías disruptivas en las telecomunicaciones, como es el caso de wifi y wimax. Ambas permiten establecer comunicaciones inalámbricas sin necesidad de contar con la infraestructura de un operador. Sin embargo, una cosa es que sea posible, y otra que se haga realidad de la forma masiva y económica que afectaría a los negocios de un operador.

El negocio de la tecnología tiene como esencia el cambio, un cambio que es crecientemente acelerado. Por tanto ningún agente del mercado puede permitirse confiar el futuro de su negocio a su portfolio actual de servicios. Los grandes gigantes del sector han dado probadas muestras de conocer esto. En este escenario, elementos como la marca, las operaciones, la gestión de relaciones conforman una palanca de sostenibilidad en el negocio superior a la calidad técnica de un producto en un momento. Los usuarios lo reconocen así de forma implícita con sus elecciones y comportamientos, y sólo así se explica el éxito de servicios de escasa complejidad técnica o conceptual (como el SMS, las centralitas) frente a otros dotados de enormes inversiones (el MMS, las videollamadas, …) que han sido comercializados con un gran coste y un escaso retorno. La tecnología no explica necesariamente el éxito en el mercado ni siquiera en mercados tecnológicos.

La irrupción de tecnologías nuevas pues, sin ser un hecho irrelevante, no determina inevitablemente el derrumbamiento de los modelos de negocio actuales más allá de lo que la propia sucesión de tecnologías ya garantiza. WiMax y Wifi son blandidos por outsiders como puntas de lanza de las rupturas en la forma de telecomunicarse, pero para que realmente se produjesen cambios tectónicos sería necesario mucho más que introducir un nuevo protocolo: contar con sistemas de regulación de las frecuencias que permitan a los agentes prestar servicios comerciales con la mínima calidad aceptable por los usuarios, a salvo de interferencias o pérdidas de información (esto puede darse en el caso WiMax utilizando frecuencias asignadas al LMDS, pero limitaría la entrada a 3 competidores nuevos -uno de los cuales ya ha sido adquirido por Telefónica-, no a la supuesta horda de startups o diversificadores de la que se habla); contar con sistemas de gestión de clientes que permitan procesar los eventos asociados al disfrute del servicio (facturas, incidencias con el servicio o con los terminales, garantías y reposiciones, ..) sin interrupciones o perjuicios para los usuarios; proveer terminales fiables y a un precio asequible (algo complicado puesto que para ello hace falta una escala de la que hoy sólo disponen los operadores);  garantizar el tamaño de mercado suficiente como para que las empresas proveedoras de servicios cuenten con un ecosistema que les permita su aprendizaje y crecimiento en un marco de estabilidad,… todo ello sitúa la distancia entre la tecnología y el mercado mucho más amplia de lo que la mera entrega de paquetes o datos aparenta. Sin ello, las tecnologías no pasan de ser un campo de juego de los early adopters, observado atentamente por los incumbentes.


Don’t say “Don’t be Evil”

2 marzo, 2007

Google bajo la lupa Google representa a todos los efectos una historia de éxito. El éxito de una empresa creada en un garage y llevada a la cúspide del Nasdaq, el éxito de una empresa que supera a los grandes colosos de un mercado en menos de una década, el éxito de una marca instalada en las mentes de todos nosotros como sinónimo de su actividad (las búsquedas), separándose de sus competidores por una distancia mucho mayor que la que actualmente determina la mera calidad técnica de su producto.

Y sin embargo, todo este éxito tradicionalmente no ha sido suficiente para Google. Como empresa, confiada en su éxito, con la mezcla de arrogancia e ingenuidad típica de los ingenieros que impulsaron su nacimiento, desde un comienzo Google se concibió a sí misma como una empresa distinta a las demás empresas, instalada en un universo distinto, no contaminado por las miserias y oxidaciones del capitalismo: la resistencia a emplear elementos gráficos o publicidad en su web, la negativa a plegarse a las directrices de los mercados financieros, … todo ello eran símbolos de la unicidad de Google, condensados en el motto que ha acompañado a la empresa como un emblema: “Don’t be Evil“. De la mano de esta filosofía, Google ha atravesado su camino hacia el éxito con un efecto insospechado: la simpatía de los usuarios. Extrañamente, los usuarios no han recelado del ascenso imparable de una compañía que ha derribado como figuras de papel a las grandes multinacionales (y otras que no lo eran) que le han presentado batalla competitiva: las búsquedas primero, los blogs, el correo electrónico, los vídeos, últimamente las aplicaciones de oficina… todos terrenos de batalla superados con la inesperada facilidad con que los ejércitos alemanes deshicieron la oposición francesa en 1940.

No es difícil entender que la independencia y falta de convencionalismo de Google la hayan erigido en una favorita de los usuarios. Y sin embargo, bajo el inmaculado retrato de Dorian Gray comienzan a advertirse algunos hedores que invitan a pensar en una más prosaica realidad. A la monumental adquisición del gigante YouTube le ha seguido la estrategia implacable de obligar a todos los propietarios de derechos a requerir peticiones individuales para la remoción de los contenidos protegidos, lo que incluye amenazas a aquellos pequeños productores que no pueden costear abogados o largos procesos litigiosos. Respecto de los resultados del buscador, aún resuenan los efectos de la masiva actualización -aunque no la última- en la base de datos que mantiene bien a las claras cuál es últimamente el criterio decisor sobre los resultados de búsqueda, ya hoy un medio de vida para miles de pequeños (y grandes) comercios en internet y un puente insoslayable entre el conocimiento y la percepción de la realidad y los usuarios. La reciente introducción de la empresa en el mercado de las aplicaciones ofimáticas, sin perjuicio de poder significar la aparición de un modelo disruptivo, tiene muchos paralelismos con las denostadas prácticas de Microsoft de aprovechar su posición dominante en un mercado para torpedear la competencia en otro, empleando para ello y sin reservas el dumping (nadie puede pensar que el coste de desarrollo de esas aplicaciones venga sino de una transferencia de beneficios desde las búsquedas, aunque esto es aplicable a la enorme mayoría de campos en los que Google se ha instalado). Últimamente incluso observamos comportamientos de pura avaricia empresarial directamente incompatibles con la autoinvestida preocupación por las personas: sólo así puede entenderse la actuación en Carolina del Norte, en donde el propio estado y sus funcionarios se han visto obligados a ofrecer millones de dólares para garantizarse el establecimiento de una planta e instalaciones de la compañía. Nada que no haya estado en la agenda de otras muchas empresas, si excluímos los acuerdos de confidencialidad a que los funcionarios públicos se vieron obligados a firmar -detalles sólo al alcance de empresas tan poderosas como ella- pero que casan mal con el principio de no hacer el mal que impregna las relaciones públicas de la empresa.

Que el capitalismo y el libre mercado, con su favorecimiento del interés (económico) propio, suelen provocar situaciones y comportamientos indeseables, incluso bajo el marco de la ley, no es nuevo. Parte del velo de codicia que la sociedad asigna a los grandes poderes económicos se funda en la convicción de que la mayoría de grandes compañías esconden prácticas reprobables en la gestión de alguna persona o en la manera de conseguir ciertos resultados. Lo que es nuevo es que una empresa que se distingue a sí misma como la única de una nueva clase, y emplee esta imagen en provecho propio, acumule ejemplos igualmente cuestionables en sus sótanos. Google ha acumulado más poder que ninguna otra empresa en los últimos años. Y el poder corrompe.